lunes, 20 de febrero de 2012

Cuentame un cuento...


"Nos hacemos mayores, pero no cambiamos. Nos volvemos más refinados, pero en el fondo seguimos siendo como cuando éramos pequeños, criaturas que esperan ansiosamente que les cuenten otra historia, y la siguiente, y otra más" Paul Auster, escritor.

Siempre me han gustado los cuentos, desde pequeña. Creo que a la mayoría de nosotros nos encantan las historias. Hemos crecido con ellas y algunas todavía permanecen en nuestra memoria a pesar de los años transcurridos. 

Hace poco menos de un mes y como consecuencia de una de esas asociaciones que guardamos en nuestra mente me acordé de una poesía de Rubén Darío que me encantaba. Me la sabía de memoria y a día de hoy todavía podría recitarla de carrerilla. Siempre que me acuerdo de ella me viene una sonrisa a la cara. Supongo que en el fondo yo quería ser como esa Margarita del poema, una princesa intrépida que vivía en un país exótico donde los elefantes eran algo habitual, que fue en busca de su estrella...

La semana pasada fue mi cumpleaños, 44 años, y esa niña a la que le encantaban los relatos y los cuentos de hadas todavía está aquí a mi lado. Es ella la que hoy quiere regalarme, y regalaros, un pedacito de su esencia.


A MARGARITA DEBAYLE

Margarita, está linda la mar,
y el viento
lleva esencia sutil de azahar;
yo siento
en el alma una alondra cantar:
tu acento.
Margarita, te voy a contar un cuento.

Éste era un rey que tenía
un palacio de diamantes,
una tienda hecha del día
y un rebaño de elefantes,
un kiosko de malaquita,
un gran manto de tisú,
y una gentil princesita,
tan bonita,
Margarita,
tan bonita como tú.

Una tarde la princesa
vió una estrella aparecer;
la princesa era traviesa
y la quiso ir a coger.

La quería para hacerla
decorar un prendedor,
con un verso y una perla,
y una pluma y una flor.

Las princesas primorosas
se parecen mucho a ti:
cortan lirios, cortan rosas,
cortan astros. Son así.

Pues se fue la niña bella,
bajo el cielo y sobre el mar,
a cortar la blanca estrella 
que la hacia suspirar.

Y siguió camino arriba,
por la luna y más allá;
más lo malo es que ella iba 
sin permiso de papá.

Cuando estuvo ya de vuelta
de los parques del Señor,
se miraba toda envuelta
en un dulce resplandor.

Y el rey dijo: "¿Qué te has hecho?
Te he buscado y no te hallé;
y ¿qué llevas en el pecho,
que encendido se te ve?"

La princesa no mentía.
Y así, dijo la verdad:
"Fui a cortar la estrella mía
a la azul inmensidad."

Y el rey clama: "¿No te he dicho
que el azul no hay que tocar?
¡Qué locura! ¡Qué capricho!
El Señor se va a enojar."

Y dice ella: "No hubo intento;
yo me fui no sé por qué;
por las olas y en el viento
fui la estrella y la corté."

Y el papá dice enojado:
"Un castigo has de tener:
vuelve al cielo, y lo robado
vas ahora a devolver."

La princesa se entristece
por su dulce flor de luz,
cuando entonces aparece
sonriendo el Buen Jesús.

Y así dice: "En mis campiñas
esa rosa le ofrecí:
son mis flores de las niñas
que al soñar piensan en mí."

Viste el rey ropas brillantes,
y luego hace desfilar
cuatrocientos elefantes
a la orilla de la mar.

La princesita está bella,
pues ya tiene el prendedor
en que lucen, con la estrella,
verso, perla, pluma y flor.

Margarita, está linda la mar,
y el viento
lleva esencial sutil de azahar:
tu aliento.

Ya que lejos de mí vas a estar,
guarda, niña, un gentil pensamiento
al que un día te quiso contar
un cuento.

Rubén Darío

Hace unos años esta fantástica poesía fue llevada al cine a través del siguiente corto. ¡Merece la pena verlo!







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